La gran mayoría son pequeñas empresas no locales, sino que vienen de Canadá o Australia.

Antes de las millonarias exportaciones de cobre u oro al mercado internacional, hay una actividad que normalmente no brilla tanto e incluso es poco conocida, pero que es fundamental sino incluso la más importante para que el principal negocio de nuestro país crezca o se mantenga: la exploración minera.

Sólo el año pasado, la industria invirtió US$458 millones en esta área, repartidos entre 101 compañías, según el último “Catastro de empresas exploradoras mineras 2020” de Cochilco.

Eso sí, la mayoría de las empresas que realiza esta actividad no son nacionales, sino que provienen especialmente de Canadá y Australia, y son en general firmas más pequeñas, las llamadas “mineras junior”, conocidas por detectar depósitos y luego venderlos a actores mayores. Aunque las grandes mineras también realizan tareas de exploración, de hecho sus presupuestos son mucho mayores, pero en general están asociados al crecimiento de sus propias operaciones.

Utilizando mapeos geológicos, muestreos y perforaciones, las exploradoras recorren sigilosamente el país en busca de yacimientos, principalmente de cobre y oro, que están cada vez en sitios más alejados e incluso inaccesibles, en momentos en que las actuales operaciones muestran cada vez menos leyes de mineral.

Una vez hallados los depósitos, las compañías se adjudican los derechos de explotación. Por lo tanto -y sobre todo en su etapa temprana-, la exploración es considerada una actividad de alto riesgo económico por la baja tasa de éxito de los proyectos: 1 de cada 10 prospectos mineros terminan en proyectos, mientras que una menor parte se convierten en mineras operativas tras más de 10 o 15 años.

Si bien las grandes mineras acumulan el 85% del presupuesto para las exploraciones, “son las compañías más pequeñas, las junior, las que toman el alto riesgo inicial en los mercados y que favorecen exploraciones por nuevos descubrimientos”, explica Eric Medel, analista de mercado e industria de Plusmining.

El financiamiento de las compañías junior proviene principalmente de capitales de riesgo, en general por aperturas bursátiles en Australia, Canadá y Estados Unidos. A esto se suman las ayudas económicas de los mismos países de origen. “Normalmente, las empresas canadienses y australianas tienen algunos incentivos fiscales, como la deducción de algunos impuestos relacionados a la exploración”, comenta Diego Hernández, presidente de Sonami.

Sin embargo, un alto riesgo se ve recompensado por una gran ganancia: las empresas generalmente venden los yacimientos encontrados a grandes compañías mineras o se asocian con ellas para compartir parte de la renta de la producción, puesto que no tienen financiamiento suficiente para costear la extracción.

Si bien en periodos anteriores el grueso de los proyectos se ubicaba en la Región de Antofagasta -zona controlada por las empresas major y altamente explotada-, el balance de Cochilco ubica a Atacama como la preferida en 2020.

Desde Sonami advierten que el territorio inexplorado y que no está cubierto por derechos de explotación es poco, obligando a las empresas exploradoras a buscar alternativas a lo largo del país.

Hernández dice que “las empresas juniorse van principalmente a la costa, donde hubo o hay algún tipo de explotación a pequeña escala o minas que fueron cerradas porque no eran económicamente viables, pero que hoy lo son”.

La gran base productiva y geológica del territorio, sumada a una buena regulación, continúan posicionando a Chile como uno de los destinos más atractivos para la industria minera: actualmente ostenta el primer lugar en presupuestos de exploración en la región y el cuarto a nivel mundial, con un 5% del total.

Sin embargo, el panorama está lejos de ser el ideal. “El atractivo del país se ha visto estancado en los últimos años, como resultado de condiciones poco favorables del Canadá mercado del cobre, y de lb. La complejización de aspectos relacionados al marco regulatorio y ambiental”, advierte Medel de Plusmining.

Mientras que una eventual nueva Constitución genera preocupación en la industria. “Chile se ha deteriorado un poco, y con un cambio de y Constitución algunos se preguntan si se van a mantener las mismas condiciones que nos han permitido hacer todas las inversiones”, cree Hernández.

Fuente: La Segunda