Por Juan Carlos Guajardo, Fundador y Director Ejecutivo de Plusmining.
La mayoría de las discusiones sobre inteligencia artificial (IA) y cobre se concentran en cuántas toneladas adicionales de cobre necesitarán los centros de datos. Es el punto de partida adecuado, pero deja fuera lo que podría ser el cambio de mayores consecuencias.
La IA está incorporando al mercado del cobre una nueva clase de comprador con una disposición a pagar inusualmente alta. A medida que estos compradores representan una proporción creciente de la demanda incremental en un mercado con restricciones de oferta, podrían influir cada vez más en los precios del cobre, transformando quién consume el metal, cómo se utiliza y cómo evoluciona el mercado.
Un comienzo intensivo en materiales
Pese a su naturaleza digital, la IA se sustenta en una considerable base física que incluye centros de datos, transformadores, subestaciones, sistemas de refrigeración, nueva capacidad de generación eléctrica y líneas de transmisión. La Agencia Internacional de Energía proyecta que el consumo mundial de electricidad de los centros de datos aumentará de unos 415 TWh en 2024 a alrededor de 945 TWh en 2030, más que duplicándose en seis años.
Las estimaciones de la industria indican que los centros de datos podrían requerir aproximadamente 30 toneladas de cobre por megavatio de capacidad instalada, dependiendo del diseño y de la infraestructura incluida, sin considerar todavía las redes eléctricas más amplias necesarias para abastecerlos.
La IA no llega sola. Coincide con la electrificación, la transición energética y un impulso geopolítico por reconstruir la industria manufacturera nacional, diversificar las cadenas de suministro y ampliar la capacidad militar. Estas tendencias tienen distintas motivaciones, pero todas requieren grandes inversiones en activos físicos antes de que se materialicen sus beneficios económicos. En conjunto, apuntan a una fase de inversión mundial inusualmente intensiva en materiales.
Una oferta que no logra seguir el ritmo
Esta demanda se encuentra con una industria que tiene dificultades para crecer. La disminución de las leyes minerales, los yacimientos más profundos, los minerales más complejos, las restricciones hídricas y los prolongados procesos de obtención de permisos han hecho que incorporar nueva oferta sea más lento y costoso. Llevar una nueva mina desde el descubrimiento hasta la producción puede tomar actualmente bastante más de 15 años.
Incluso las regiones mineras consolidadas ilustran estas restricciones. Chile, el mayor productor de cobre del mundo, ha tenido dificultades para ampliar su producción pese a su vasta base de recursos y su considerable cartera de inversiones. En toda la industria, sostener la producción en operaciones maduras exige inversiones de capital cada vez mayores, mientras que desarrollar nuevos yacimientos implica crecientes desafíos técnicos, ambientales y regulatorios.
Esto tiene consecuencias para los precios. Cuando la oferta responde lentamente, incluso aumentos relativamente modestos de la demanda pueden tener efectos significativos en el mercado. A medida que aumenta el costo de desarrollar nueva producción y se expanden las aplicaciones tecnológicas de alto valor, esta combinación podría sostener precios del cobre estructuralmente más altos, sin eliminar los ciclos inherentes a los mercados de materias primas.
No todos los compradores sienten el precio de la misma manera
Aquí radica el cambio menos discutido. En un centro de datos de IA, donde la inversión total puede superar los US$30 millones por megavatio, el cobre podría representar apenas alrededor del 1% del costo total, dependiendo de la configuración de las instalaciones y de la infraestructura incluida. Para los grandes operadores de infraestructura informática a hiperescala que compiten por desplegar capacidad de cómputo, asegurar la infraestructura a tiempo importa mucho más que las fluctuaciones en el precio del metal que contiene.
Los consumidores tradicionales de cobre enfrentan una realidad distinta. Los fabricantes de cables, productos para la construcción, electrodomésticos y equipos eléctricos suelen estar más expuestos a los costos de las materias primas, aunque su sensibilidad depende de su capacidad para trasladar esos costos a los clientes y de la disponibilidad de sustitutos.
Como ambos grupos participan en el mismo mercado mundial, sus distintas disposiciones a pagar son relevantes. A medida que las aplicaciones tecnológicas de alto valor representan una proporción creciente de la demanda incremental, su disposición a pagar podría determinar cada vez más el precio marginal del cobre, presionando a los usuarios tradicionales con menor capacidad para absorber costos más altos.
El resultado no tiene por qué ser una menor demanda agregada, sino un cambio en su composición, con mejoras más rápidas en la eficiencia del uso de materiales, rediseño de productos, reciclaje y sustitución, particularmente por aluminio cuando sea técnica y
económicamente viable.
Para quienes elaboran proyecciones, las estimaciones de consumo agregado ya no bastan. Entender quién puede pagar y quién buscará alternativas se está volviendo tan importante como estimar cuánto cobre consumirá el mundo.
La cuestión de Jevons
Una segunda incertidumbre, de más largo plazo, se refiere a la relación entre la productividad impulsada por la IA y el consumo de materiales. La IA promete mejoras de eficiencia en toda la economía, desde el diseño de ingeniería hasta la logística y la asignación de recursos, lo que podría reducir los materiales necesarios por unidad de producción.
Sin embargo, la historia aconseja cautela. En 1865, William Stanley Jevons observó que las máquinas de vapor más eficientes no habían reducido el consumo de carbón de Gran Bretaña, sino que habían contribuido a aumentarlo, ya que una energía más barata
incentivaba nuevos usos. En el caso del cobre, las mejoras en la eficiencia del uso de materiales no han impedido que el consumo mundial aumente a medida que se han extendido la electrificación, la industrialización y las nuevas aplicaciones.
Una mayor eficiencia no significa necesariamente un menor consumo agregado. Al reducir costos y crear nuevas oportunidades económicas, la IA podría estimular inversiones adicionales, una mayor demanda de electricidad y el desarrollo de infraestructura.
La pregunta es cómo interactuarán estas fuerzas a lo largo del tiempo. Esta incertidumbre desaconseja tanto extrapolar indefinidamente el crecimiento actual de la demanda como suponer que la eficiencia tecnológica reducirá necesariamente el consumo futuro de cobre.
La IA como herramienta para la oferta
La mayor parte de la atención se ha concentrado en el cobre que consumirá la IA. Se ha prestado menos atención al cobre que podría ayudar a producir. El aprendizaje automático puede mejorar la identificación de objetivos de exploración; la analítica avanzada puede optimizar los planes mineros y la utilización de equipos; y el control de procesos basado en IA puede aumentar la eficiencia de la molienda y el desempeño de la flotación.
Las ganancias pueden ser significativas. En una mina que produce 300.000 toneladas de cobre al año con una recuperación metalúrgica del 85%, mejorar la recuperación en apenas un punto porcentual generaría aproximadamente 3.500 toneladas adicionales por año, potencialmente con una inversión de capital adicional limitada.
Aprovechar estos beneficios requiere más que comprar software. Exige datos confiables, sistemas integrados, personas capacitadas y organizaciones capaces de actuar según lo que indican los modelos. La verdadera prueba de la IA en la minería no será la cantidad de proyectos piloto anunciados, sino el cobre adicional producido y la reducción de costos.
Un doble desafío
Es probable que la IA fortalezca la demanda de cobre, pero su efecto más duradero podría recaer en la estructura del mercado. Algunos consumidores podrían absorber precios considerablemente más altos, mientras que otros enfrentarán incentivos crecientes para sustituir el cobre. Al mismo tiempo, la innovación tecnológica está cambiando las condiciones económicas de la producción del propio metal. En un mercado así, los precios altos también pueden acelerar las mejoras de eficiencia y la sustitución que erosionan los mercados tradicionales del cobre.
Las empresas que aprovechen esta ventana para elevar la productividad y desarrollar capacidades tecnológicas estarán mejor preparadas para afrontar los ciclos futuros. Lo mismo se aplica a los países productores, cuya oportunidad va más allá de exportar más metal e incluye desarrollar tecnologías, capacidades de ingeniería y servicios mineros que puedan competir a escala mundial.
El desafío es comprender una demanda cuya composición está cambiando y utilizar la propia IA para construir una industria minera más productiva.
El futuro del cobre dependerá no solo de cuánto necesita el mundo, sino de quién puede pagarlo y de cuán eficazmente puede producirlo la industria.
Fuente: Mining.com